Twitter y el apaleamiento colectivo

Twitter y el apaleamiento colectivo

Borja-ColumnaLa condena en redes sociales está a la orden del día

por Borja Ruete


Hace solo unos días la polémica salpicó nuestra industria con la publicación en Twitter de la fotografía de dos páginas del borrador del libro Yo Shepard. Se trata de un tomo dedicado a Mass Effect que ha escrito el periodista Andrés Ortiz Moyano y que será publicado por la editorial Héroes de Papel próximamente. Sin embargo, y como suele ocurrir cuando algo no gusta en el salvaje Twitter, los lechugazos y tomatazos han volado con presteza. Y es que las redes sociales se convierten a menudo en una especie de tribunal donde lo que no satisface se traduce en escarnio público. Creo que un libro ha de valorarse en su conjunto, una vez que ha pasado por todos los filtros y se ha configurado en su versión final, no por unos párrafos descontextualizados que quizá sean diferentes cuando se publique. Es posible que la obra no esté a la altura, o igual sí, pero eso habrá que juzgarlo cuando tengamos el producto final entre manos, no antes.

Un error, un pequeño desliz, una fotografía equivocada o una mera sospecha se pueden extender rápidamente con varios clicks y unos cuantos retuits. La bola se va haciendo más grande y en ocasiones se torna en todo un apaleamiento público, sin miramientos, ya que contamos con el respaldo de otras lenguas afiladas. Es el sentimiento de pertenencia al grupo, ya se sabe. No digo que en el caso del libro se haya llegado a esos extremos de violencia verbal, pero sí que se ha logrado que en pocas horas la reputación del escritor y la calidad del producto queden en entredicho. ¡Y solo hemos leído dos páginas de un borrador!

Los que trabajamos en medios de comunicación sabemos que nuestro trabajo se mira con lupa y que un paso en falso puede suponer la condena al patíbulo de Twitter. El error humano no está tolerado cuando lo cometen los demás, y pensamos que eso ya nos da derecho a verter el veneno a través del teclado de nuestros ordenadores. A veces, incluso sin culpa se reciben comentarios poco amables cuando no insultos. Por supuesto, la crítica constructiva es muy bienvenida y necesaria. Sin embargo, lo que impera es la palabra destructiva, el intento de humillar, dejar en evidencia y demostrar la superioridad moral de uno mismo. Una vez que se encuentra una minúscula herida, ten por seguro que va a aparecer alguien y va a intentar exponerla al público, señalarla con dedo acusar y, si puede, abrirla un poquito más con su cuchillo.

La mala educación se refleja en las redes sociales con demasiada asiduidad. Antaño mucha gente se escudaba en el anonimato para dar rienda suelta al torrente viperino, pero actualmente ya se hace hasta con el nombre y la foto de perfil. Facebook y Twitter, como una taberna llena de borrachuzos sedientos de bronca, se ha erigido como el lugar indicado para vomitar bilis y desencadenar encarnizadas peleas verbales. Basta con no estar de acuerdo con la opinón de alguien para que los bajos instintos se activen sin pudor alguno. Es la sensación de falsa invulnerabilidad que confiere Internet.

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