Dificultad, ramera despiadada

Guarnecido en Zaragoza, dejó a manos de los musulmanes las ciudades y señoríos de Catalayud y Molina. Espero impaciente en la tienda los refuerzos templarios y hospitalarios que juraron acudir a mi llamada. Mis vasallos están en sus heredades haciendo levas, desde el más joven hasta el más viejo, todos los que puedan sostener un trozo de hierro, un palo o cualquier herramienta punzante. Por fin las tropas se reúnen en el campo. Durante este tiempo esperando he podido ahorrar lo suficiente para contratar a la Compañía Catalana. En total sumo doce mil efectivos. Debería bastar para echar de mis tierras al almorávide.

Aprovecho el desgaste del enemigo, su número se ha reducido a la mitad, catorce mil unidades. Si la moneda cae de mi lado puedo vencerlos. Y, de repente, cuando el campamento del enemigo es avistado por mis exploradores… ¡Horror!

He sido excomulgado por un desgraciado del que no tenía ni idea de su existencia. Dos rebeliones en Valencia y Denia me obligan a desviar mi atención y los genoveses, a los que tenía rendidos a mis pies, aparecen con un destacamento de cinco mil hombres tras los Pirineos. Lo que se antojaba como un día fácil se ha convertido en el día más aciago del hombre. Me decido a seguir con los planes, ya pondré a mis pies a rebeldes y genoveses. Las tropas moras se encuentran desmoralizadas y el terreno me acompaña, además de las tácticas y la valía de mis capitanes. Y, de nuevo, se desata el horror. Con la excomunión, las tropas santas templarias y hospitalarias me abandonan dejándome desnudo, con solo cuatro mil unidades para combatir a catorce mil ismaelitas. Pero la cosa no acaba aquí, no. El Papa, para levantarme la excomunión, me pide oro. El hombre de confianza que tenía en la corte de Navarra hace años me envía, por fin, una carta donde pide dinero a cambio de unos papeles que demuestran una fuerte reclamación al trono por mi parte ¿Qué hago? Decido invertir en Navarra. Error, las arcas quedan semivacías y los mercenarios se quedan sin paga ¿Qué hacen? Me declaran la guerra. Estoy perdido, dimito, salgo al menú principal, clamo al cielo, me acuerdo del desarrollador del juego unas cuantas veces y vuelvo a cargar la partida.

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Esta parrafada “semiliteraria” viene a ilustrar una práctica común que todos los aficionados a los juegos de estrategia sufren desde años, décadas incluso. Los desarrolladores de estos títulos no innovan al idear nuevos niveles de dificultades sino que simplemente consienten a la máquina hacer trampas permitiendo que todo se vuelva en contra del jugador en los momentos más inoportunos. Las tropas del enemigo procrean como conejos enrabietados y, en segundos, levantan ejércitos que al jugador le ha costado sudor, sangre y lágrimas – citando a Churchill – levantar. El dinero no les afecta, pueden con todo. En el juego al que me refiero concretamente, Crusader Kings II (Paradox Development Studios, 2011) y todos los desarrollados por esta empresa en general, la IA contrata varias compañías de mercenarios sin consecuencias aparentes. Pero no contratan las compañías de desgraciados que de forma obligada contrata el jugador, no. Ellos contratan a lo más granado del mercenarismo ilustrado europeo. Una vez que luchando contra el fango y la miseria ha levantado el usuario un reino en condiciones y se siente poderoso, la IA se alía al completo contra ti. Atacan desde todos los flancos sin que pueda el jugador parpadear. Existen miles de ejemplos; seguramente si estás leyendo esto te estarán viniendo otras situaciones similares a la cabeza como por ejemplo Age of Empires II: The Age of Kings  (Ensemble Studios, 1999), donde los enemigos sorprendían al usuario en su pequeño centro urbano de la segunda edad con bombardas, lanzapiedras, paladines y, si tuvieran más tiempo, rayos láser.

Esta práctica es usual en todos los juegos de estrategia además de en otros muchos títulos de otros géneros donde en lugar de idear nuevas formas de desarrollar la inteligencia de la IA para que pueda tomar más decisiones o sea más abierta ideando nuevas tácticas o estrategias, permite que haga trampas. La recolección de recursos se acelera, la construcción de edificios y la generación de nuevas tropas incrementa exponencialmente, etc. Las tropas de la máquina son siempre más poderosas que las del jugador, aunque este le ataque con RPG-7 y ella se defienda con palos. Alguna astilla entrará en el ojo del avatar del protagonista provocándole una lenta y dolorosa muerte antes de que tus misiles acierten a cualquiera de sus tropas.

En definitiva, los desarrolladores de videojuegos de estrategia y los de otros géneros como los FPS o RPG deberían idear nuevas formas de endurecer la experiencia del jugador frente a la partida que no sea la permisividad ante las “trampas” de la máquina o la reducción de elementos necesarios como botiquines o balas e incluso aumentar el número de enemigos contra los que el jugador se enfrentará. En lugar de realizar estas simples mecánicas, deberían encaminar sus pasos a idear nuevas estilos, estrategias y tácticas que realmente pongan en aprietos al jugador no haciéndole sentir engañado.

¡Oh, dificultad! Ramera despiadada.

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