Jugar como siempre. Aburrirse como nunca.

Jugar como siempre. Aburrirse como nunca.

La industria del videojuego es más grande y diversa que nunca; pero tampoco mentiríamos al señalar que el riesgo que acompaña la innovación, rara vez se asume fuera de la escena indie; y que la mayoría de los grandes proyectos son iteraciones de fórmulas amortizadas y argumentos genéricos.

[dropcap size=big]E[/dropcap]mpecemos con una sencilla disyuntiva. Supongamos que te apetece ir al cine y solo hay dos películas en proyección. La primera es un thriller ágil y directo —probablemente protagonizado por Liam Neeson— que tienes la garantía de que te va a entretener, aún sabiendo que no es nada memorable. La segunda es una de esas películas que da una vuelta de tuerca más, y que sabes que no te dejará indiferente: o te encantará, o saldrás de la sala echando espumarajos por la boca. ¿Cuál sería vuestra decisión?

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Portal 2. Sencillez y perfección; artística, jugable y narrativa

Si, sé lo que me vais a decir. «Depende del día», «en la variedad está el gusto»…etc.  Y es cierto. Pero pongamos que es un día normal y corriente, y prevalece vuestro criterio habitual. Por como está formulado el texto, ya habréis adivinado que un servidor se inclinaría por la segunda película. Y lo mismo se puede aplicar a los videojuegos: prefiero dejarme X dinero en una propuesta que tenga potencial de dejar huella, de aportar algo a mi imaginario personal —aunque luego al final no lo consiga—, que invertir en una versión ligeramente mejorada del mismo juego de siempre.

Por supuesto que ambas visiones son compatibles. Tras un día estresante, disfruto como el que más desfogándome en un buen arcade. O echando la tarde en el shooter online de turno con una patrulla de amigos. Pero reconozco que me molesta pagar precio de lanzamiento en ese tipo de juegos, y rara vez lo hago. Prefiero invertir mi dinero en apoyar propuestas más sofisticadas…  aunque ya os podéis imaginar el impacto que tiene mi boicot sobre los beneficios del sector, al menos me siento mejor conmigo mismo.

Y llegamos a uno de los puntos más controvertidos del artículo. Y es que en mi opinión, la calidad y la mediocridad no son excluyentes. Un juego puede atesorar calidad técnica y/o jugable, y ser una experiencia frívola, tan fácil de disfrutar mientras se juega, como de olvidar cuando se pasa. La saga Uncharted —afilad los cuchillos—, me parece muy sobrevalorada en ese sentido. A un apartado técnico impecable, le sumamos una jugabilidad más simple que una mentira de Molyneux, y un guión típico de película de sábado por la tarde en Antena 3 —chistes sin gracia incluidos—.

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Nathan Drake vale más como modelo de Coronel Tapiocca que como personaje

No quiero ser injusto con la saga, porque es obvio que su intención no es la profundidad argumental. Pero sirve para ilustrar una máxima que por desgracia impera en las artes audiovisuales: «No cabrees a nadie y tendrás éxito con todos». O dicho de otro modo: Si estás más preocupado en no fallar que en acertar, tu historia será sosa en el mejor de los casos, con posibilidad de que sea pésima. Pero la capacidad de una propuesta para sorprender, no solo depende de un argumento ambicioso. Dragon Age Inquisition (Bioware, 2014) lo tiene, y pese a ello es un juego que se asfixia dentro de sus propias formas, incapaz de sostener—ya ni digamos elevar— el listón de las expectativas.

He puesto solo dos ejemplos, pero si sacamos el machete de paseo, más del 85% de los denominados must have que salen al mercado, ni son must, ni son have: solo más de lo mismo. Es lógico que ningún estudio quiera arriesgar 40-100 millones de $ en una propuesta imprevisible desde la perspectiva del marketing. De ahí que se muestren tan reticentes a alejarse de las convenciones técnicas, jugables o narrativas. Pero entonces se evidencia que no es por falta de capacidad, si no por falta de ciertos atributos asociados a la masculinidad.

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Dragon Age Inquisition. Apartado artístico sublime, al servicio de una trama recién fotocopiada

En el otro extremo del espectro tenemos sorpresas agradables: juegos que parecen convencionales, y llegados a X punto del desarrollo te sorprenden tirando por otros derroteros totalmente insospechados. Spec Ops The Line (Yager Development, 2012), empieza como un shooter del montón y termina como una cruda reflexión sobre la vida del soldado. Mass Effect (Bioware, 2007) parece una action-rpg tópico, y termina por desarrollar una de las tramas más épicas y bien imbricadas del medio. Deus Ex: Human Revolution (Eidos Montreal, 2011) mezcla tres géneros con acierto y además te cuenta una historia digna del mejor Ridley Scott. O como los ingeniosos puzles de los Portal (Valve, 2007-2011), que alternan con un guión afilado a base de referencias frikis y humor sarcástico. Entre muchos ejemplos.

Y todo esto para terminar concluyendo que al final no deja de ser una cuestión de gustos personales. Yo puedo tener una preferencia hacia juegos que despunten artística o narrativamente, y otra persona quizás solo contempla el concepto de videojuego como mero pasatiempo. Ambas opciones son legítimas, pero os planteo una última pregunta. ¿Cuáles serán los juegos que recordaréis dentro de diez años? ¿O de veinte? La memoria es selectiva, se recuerdan mejor aquellos hechos que vienen acompañados por una emoción intensa. Así que os garantizo que serán los juegos que más os impactaron, sea por la razón que sea.

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Spec Ops: The Line. La mejor manera de tratar el horror, es mostrarlo con una franqueza que desarma

Por eso siempre estoy a la caza de nuevas experiencias —Esto último ha sonado a politoxicómano confeso—, y si los grandes estudios no me las proporcionan, los indies suplirán de sobra esa carencia. Lo que tengo claro es que no voy a seguir amamantando sagas que ni me llaman la atención, ni me aportan lo que les pido; solo porque sean la comidilla o supongan una mejora gráfica. Da igual que todavía me entretengan si por el mismo dinero —o por bastante menos— puedo encontrar juegos igual de divertidos, pero más edificantes. ¿El motivo? Evitar que llegue el día en que juegue como siempre, y me aburra como nunca.

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