El placer de jugar. Sin más.

El placer de jugar. Sin más.

[dropcap size=big]U[/dropcap]n servidor lleva unos meses con la vida un poco más convulsa de lo que le gustaría. Desde marzo para ser concretos, muchas cosas me han tenido alejadas de mis aficiones. Apenas he podido jugar a la consola, leer un buen libro, saborear algún que otro comic o volver a escribir con regularidad. La vida es lo que tiene, que cambia como y cuando le apetece.

Esto que os voy a contar ocurría ayer mismo. Recuerdo llegar a casa del trabajo, ciertamente cansado. Dejar las llaves sobre la mesa, caminar hasta el salón y encontrarme de bruces con una estantería llena de juegos. Algunos, tristemente, aún precintados. Me miraban desde lo alto títulos como “Until Dawn”, “Dishonored” —del que no pude disfrutar en su día—, y “Metal Gear Solid V”. Los miré y me dije «joder, los tres deben ser geniales ¿por cuál empiezo?» 

Y entonces miré el reloj.

luigiEran las 8 de la tarde, a las 9 me tendría que poner a hacer la cena —junto a la comida del día siguiente—, y después entre unas cosas y otras acabaría refugiándome entre las sábanas. Aunque tenía muchas ganas de hincarle el diente a cualquiera de esos tres títulos, me encontré buscando una “alternativa” de manera totalmente inconsciente.

«¿Y si simplemente juego? ¿Sin más?»

Mi perfil de jugador es extraño. A medida que la vida me ha ido obligando a asumir responsabilidades, mi tiempo de juego ha ido disminuyendo drásticamente. Como gran aficionado a la narrativa, he ido centrándome cada vez más y más en juegos “teóricamente potentes”, con una carga argumental interesante y que, en definitiva, me supusieran una satisfacción más completa una vez terminado el juego de marras. Con esta política tan selectiva, me había olvidado de lo que significaba jugar y divertirse simplemente jugando.

Miré hacia la derecha y me encontré con las cajitas azul turquesa de mi abandonadísima Wii U. No tardé en toparme con Mario Kart 8, y algo se encendió dentro de mí. Me apetecía echarme unas carreras. Pasar ese escaso rato que tenía hasta la cena disfrutando de los preciosistas paisajes del juego; recorriéndolos a toda velocidad. No quería pasar esa horilla obligándome a zambullirme en un argumento sesudo, del que al día siguiente tendría que recapitular todo por completo. No tenía fuerzas ni ganas de enfrentarme a grandes planes que me exigiesen mayor concentración.

Sólo quería jugar y disfrutar. Como antaño.

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¡Y vaya si lo hice! En un abrir y cerrar de ojos me dieron las 21:30. Estaba tan contento quemando las ruedas de mi “scooter” que decidí pausar el juego, bajarme a por un “burrito” y seguir disfrutando como un enano ¡Que cocinase otro! Yo aún tenía kilómetros por hacer.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de algo tan simple como el mero placer de jugar. Hacía mucho, mucho tiempo que no conseguía abstraerme de todo lo que le exijo a un juego “argumento, mecánica, complejidad, desarrollo, sonido…”, en pos de la diversión en su estado más sencillo.

Hacía mucho que había olvidado que los juegos, ante todo, son para jugarlos.

Hacedme un favor y no lo olvidéis vosotros. Sobre todo si la vida os quita tiempo para poder disfrutar de este mundillo en el que muchos hemos crecido.

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