Descubriendo a Starseed Pilgrim

Descubriendo a Starseed Pilgrim

[dropcap size=big]¿[/dropcap]Hemos roto el cielo? ¿Por qué buscamos nuevos caminos? O, mejor dicho, ¿cuáles son esos caminos? Estamos en una isla de masa gris flotando en el más absoluto de los vacíos sin saber por qué, y seguiremos sin saber nada a menos que nos esforcemos en entender. Nos rodean colores incomprensibles y formas variables que en ocasiones se generarán al azar. Ninguna parte lleva a ningún sitio, y sin embargo hay que avanzar en todas direcciones. El primer contacto con Starseed Pilgrim (Droqen, 2013) es de absoluta incertidumbre, y eso puede ser tan favorable como negativo para las intenciones de Droqen, la mente pensante tras bambalinas.

Veamos por qué.

1Pero antes, seamos claros. Hablamos de un juego mucho más sencillo de lo que realmente aparenta, que mantiene en silencio deliberadamente el intríngulis de su mecánica y los objetivos porque no cuenta con más recursos para desafiarnos. Esto no es malo; de hecho, es lícito. Antichamber (Alexander Bruce, 2013) hace lo mismo, aunque en menor medida. Starseed Pilgrim es llegar y embarcar; desde el primer instante estás inmerso en la experiencia de no saber cómo serán las consecuencias de tus acciones. Este enigma ha sobredimensionado su naturaleza, confiriéndole una profundidad engañosa, en parte generada por la prensa y los propios desarrolladores independientes que hacían piña y se cubrían de flores entre ellos. Ojo, no son actitudes que ponga en cuestión. Pero con ese hermetismo, es inevitable pensar que estamos ante una especie de “enigma del arte”. Y Starseed Pilgrim tan sólo es un interesante juego de puzles. Un buen juego.

No hay mucho que describir aparte de lo que ya se aprecia en las imágenes. Somos un hombrecillo con la capacidad de picar baldosas y sembrar semillas. El éxito de nuestro progreso dependerá exclusivamente de la observación que hagamos sobre las semillas, los colores, la forma en la que crecen y la naturaleza de sus efectos. Algunas elevarán líneas rectas en vertical u horizontal, otras detonarán en una gran masa compacta, otras se retorcerán de forma aleatoria, otras nos perjudicarán impidiéndonos saltar, etcétera… El impacto de una mala combinación puede originar una estructura que nos impida avanzar en la dirección deseada, o incluso atraparnos, dejándonos a merced del único gran enemigo del juego aparte de nosotros mismos: la oscuridad crepitante.

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En realidad no tiene nombre, pero estará representada como una infestación de sombra que lo devorará todo en su avance. Como os podéis imaginar, el principal objetivo de Starseed Pilgrim es evitar que la oscuridad nos atrape, confiriéndole una vertiente de supervivencia muy atractiva. O al menos que lo haga en las circunstancias más convenientes posibles. Dejando implícito que la muerte no existe como tal, hay que tener en cuenta que “perder” implica volver a empezar: reencarnar. Esto no sería enojoso si las metas fueran a corto plazo, pero la realidad es que hay toda una búsqueda a nivel superior. Morir no es un problema, estancarnos demasiado tiempo sí.

Siempre que perdamos regresaremos a una especie de isla central, y desde allí arribaremos nuevamente a la dimensión donde la sombra acecha. Si en vez de perder, consecuencia lógica de los primeros compases de juego, conseguimos “descifrar” la buena senda para obtener el éxito, también regresaremos a la isla central… Pero con una sutil diferencia: traeremos semillas que podremos plantar. Y es que, si bien alrededor de la isla central se abre el vacío, habrá nuevas islas que descubrir. Las semillas mantendrán su mecánica, de modo que sólo hay que levantar puentes, torres y estructuras de todo tipo, y cruzar los dedos para que sea en la dirección adecuada. Además de leer nuevas frases desconcertantes, habrá una recompensa al conquistar nuevas tierras que afectará directamente en la jugabilidad.

5En cada isla hay un traje y, como sólo podremos llevar uno, que además nos vinculará a la isla en cuestión, deberemos escoger cuál se adapta mejor a nuestro estilo de juego. Sea cual sea nuestra decisión, todas las islas redirigen al mismo punto donde la oscuridad reside; pero dependiendo del traje que hayamos elegido, las semillas crecerán deprisa o la columna de iconos que flota encima de nosotros pasará de enseñar de tres a cinco elementos, lo que reforzará nuestra capacidad de anticipación. Esta columna de iconos, por cierto –ya dicho, que no quede en el aire–, será la que nos indicará en cada momento qué semilla plantaremos a continuación. Las semillas no se pueden escoger, sino que vienen de serie tal y como dicta el azar, de forma que cuando gastemos la primera, nunca sabremos al 100% cómo será la que reemplace en orden a la tercera. Este lejano parentesco con Tetris (Vladimir Pokhilko y Alekséi Pázhitnov, 1984) inclinará la balanza hacia unos niveles de impredecibilidad importantes, que muchas veces incidirán de forma decisiva en el transcurso de la partida.

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En definitiva, Starseed Pilgrim se compone del eterno retorno a la dimensión de la sombra crepitante para obtener pequeños beneficios en cada iteración y escalar en el objetivo global, que es alcanzar nuevas islas con las semillas acumuladas vuelta tras vuelta. Es lógicamente repetitivo, pero también adictivo gracias a una mecánica lo suficientemente compleja y dinámica –gracias al factor azar–, que resulta imposible que dos “partidas” sean idénticas. Las habrá mejores, y también peores, pero por muy claro que tengamos la estrategia, siempre estaremos un poco con el culo al aire.

Starseed Pilgrim no es raro, sólo diferente; y eso no lo hace instantáneamente mejor. Destaca porque el sector ha cambiado; la mentalidad ha evolucionado, y los videojuegos ahora pueden ser arte y filosofía. Hace 15 años, basta recordar el apogeo del CD-ROM y las incontables revistas que traían avalanchas de contenido shareware, quizá sólo fuera uno más entre los cientos de experimentos independientes que borbollaban derrelictos en un mar de indiferencia. Pero estamos en el presente, el panorama independiente importa, y la expectativa en torno a Starseed Pilgrim fue producto de una tímida búsqueda por descubrir nuevas vías.

4El aspecto audiovisual es minimalista, y cuadra con el rollo entre zen y chill out que desprende. ¿Pero, en definitiva, vale la pena? Posiblemente su mayor pecado sea también su única virtud: que descarga en el jugador la misión de hacer que la experiencia sea interesante. No hay tanto mérito en callar, como en tener la paciencia por aprender lo que se calla. Para el jugador la satisfacción de “entender” es una gran recompensa; y sin embargo, Starseed Pilgrim no puede negar su, en ocasiones, naturaleza artificiosa, cual descripción de vino.

No es la encarnación de Tarkovski, pero es un juego que, al menor por el entretenimiento inmediato, vale la pena aprender.

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